Cuarto Domingo de Pascua.
Con el cuarto Domingo de Pascua, la Iglesia celebra a Jesús, Buen Pastor, y nos propone siempre la jornada de oración por las vocaciones. Es, entonces, la oportunidad para que oremos a fin de que el Señor envíe obreros a su mies, buenos pastores del pueblo, que sepan dar su vida por los hermanos. Pero es, igualmente, la ocasión para que oremos por nuestro obispo y nuestros pastores actuales. A veces les exigimos mucho y los criticamos; pero ¿oramos por ellos? ¿Les ofrecemos nuestro cariño y nuestra acogida? Haz algo por ellos esta semana. Acércate, agradéceles su servicio, diles que oras por ellos.
El Evangelio de Juan (10,11-18) pone en boca de Jesús una afirmación muy bella, que desde el texto griego podríamos traducir así: “Yo soy el Pastor, el más bello, el íntegro y pleno”. No es, pues, un pastor cualquiera, sino el Pastor por excelencia y el mejor de todos. Para subrayar esta realidad, se compara, primero, con los pastores comunes, que son asalariados, trabajan por dinero, no les importan las ovejas y, en el momento del peligro, son capaces de abandonarlas, sencillamente porque no las sienten como propias y no son verdaderos pastores.
Jesús se considera verdadero pastor y dueño de sus ovejas. Ellas le pertenecen, a ellas las defiende de los lobos rapaces que intentan dispersarlas y destruirlas; por ellas trabaja, y no por el salario. Como Pastor bueno y verdadero, Jesús ofrece tres características de su identidad: conoce a sus ovejas y las ama; da la vida por ellas; las busca en otros rediles a donde se han dispersado.
Ante todo, las conoce y las ama. En el mismo capítulo 10 de Juan, dice que “llama a cada una por su nombre… ellas me conocen como el Padre me conoce y yo conozco al Padre”. Ese conocimiento es íntimo, profundo. Jesús sabe bien lo que hay en nuestro corazón, conoce nuestros problemas y necesidades, nuestros anhelos y deseos, nuestras miserias y debilidades. Y nos ama por encima de todo, porque somos “los suyos”. Los que somos de él, nos apoyamos en este conocimiento y nos gozamos al sabernos amados y protegidos.
Precisamente por esto, el Buen Pastor da la vida por nosotros. Varias veces, en este texto, insiste en esta realidad. Jesús da la vida y la entrega libremente; por eso por nosotros va hasta la cruz y allí ofrece plenamente su existencia para hacernos partícipes de su reino. Él es la Vida verdadera y quiere que tengamos Vida abundante, plena.
Sabe también que ovejas suyas que no son ahora de su redil. Por ellas se preocupa, las quiere traer hasta su rebaño y no desea que haya sino un solo rebaño con un solo Pastor. Su gran deseo es la comunión y la unidad, así sea un proceso largo de conseguir, a causa de la historia y de las características propias de los que somos sus ovejas.
Como pastor y guía de su pueblo, Jesús quiere ser el centro de todo, el único que oriente nuestra vida, la Roca fundamental en que nos apoyemos. Así lo entendió y vivió Pedro, cuando le devolvió la salud al enfermo, que pedía limosna todos los días a la entrada del templo de Jerusalén. En el nombre de Jesús le dio la orden de levantarse y caminar, con la alegría de entrar al templo y participar con todos en la alabanza a Dios. Porque Jesús es la Roca desechada por muchos, pero para nosotros la piedra fundamental, sobre la que construimos nuestra vida y nuestra comunidad. Ya que “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos”. Él es el único Señor, el único Salvador, nuestro único Tesoro y el Corazón de nuestro corazón.
Te propongo orar con San Juan Eudes:
“Oh mi amado Jesús, sé para mí Jesús. Oh mi Todo, sé todo para mí, en el pasado, en el presente y en el futuro. Una sola cosa me es necesaria, ¡fuera todo lo demás! Sólo quiero una cosa; esa sola cosa busco, a ella sólo amo, porque es para mí Todo: Jesús. Sólo quiero a Jesús, a Él sólo busco; lo amo y lo quiero amar con todo el amor del cielo y de la tierra Amén”.